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Imagina a dos hermanos gemelos que dominaban el arte de curar cuerpos en una época en la que la medicina todavía se mezclaba con la superstición, y que decidieron, desde el primer día que abrieron su consulta, no cobrar jamás ni una sola moneda por sanar a un enfermo. Hoy, 26 de septiembre, la Iglesia celebra precisamente a esos dos médicos: San Cosme y San Damián, cuya generosidad terminaría convirtiéndolos, pocos años después, en blanco directo de la furia del Imperio Romano. Bienvenido a Santo del Día.
La tradición hagiográfica más difundida sitúa el nacimiento de los dos hermanos hacia el año 260, aunque desde muy antiguo existe una divergencia entre las fuentes respecto a su tierra natal exacta. Algunos martirologios antiguos los identifican como árabes, nacidos en una ciudad de la propia Arabia romana; otra tradición, conservada sobre todo por la Iglesia bizantina, los sitúa más al norte, en la región de Cilicia, en la ciudad de Egea, cerca de la frontera entre Siria y la propia Arabia. Esa incertidumbre geográfica, lejos de ser un defecto del relato, es en realidad un rasgo característico de la hagiografía más antigua referida a la pareja: en un mundo sin registros civiles como los que existen hoy, lo que sobrevivió con fuerza no fue el dato exacto del lugar de nacimiento, sino la memoria viva de lo que esos dos hermanos hicieron con sus vidas.
Siendo aún jóvenes, Cosme y Damián se dedicaron al estudio de la medicina, una ciencia que en el siglo III todavía dependía en buena parte de la observación directa, de la experiencia transmitida de maestro a discípulo y de un conocimiento profundo de las plantas y los remedios naturales de la región. La dominaron con tal excelencia que, al regresar a su propia tierra, se convirtieron en médicos ampliamente respetados por toda la región circundante. Pero lo que los distinguió no fue solamente su habilidad clínica, sino la manera en que decidieron ejercerla: nunca cobraron pago alguno por los servicios prestados a los enfermos que acudían a ellos, sin importar si podían pagar o no, sin importar su condición social ni su origen. Esa práctica les valdría el apodo griego de anárgiros, los sin plata, un epíteto que los acompañaría a lo largo de toda la tradición cristiana posterior, y que quedaría como símbolo directo de la caridad evangélica aplicada al ejercicio profesional de la curación. En una época en que un médico competente podía enriquecerse fácilmente a costa del sufrimiento ajeno, dos hermanos hicieron exactamente lo contrario, y ese gesto, sencillo y radical a la vez, terminaría por trascender los siglos.
Pero Cosme y Damián no separaban el cuerpo del alma. Aprovechaban sistemáticamente cada consulta médica para anunciar directamente a sus propios pacientes paganos la fe cristiana que profesaban, uniendo la curación del cuerpo y la evangelización del alma en una única práctica cotidiana. Imagina la escena: un hombre o una mujer que llega adolorido, sin dinero para pagar a ningún médico de la ciudad, y que además de recibir un remedio para su cuerpo, escucha por primera vez el nombre de Cristo de labios de quien acaba de sanarlo sin pedir nada a cambio. Ese gesto doble, de manos que curan y de voz que evangeliza, contribuiría activamente a la conversión de numerosos habitantes de la región al cristianismo primitivo, en un período en que la nueva fe todavía se extendía de manera minoritaria y en buena parte clandestina por las provincias orientales del imperio romano. No había ninguna estrategia calculada detrás de todo esto, solamente la convicción sencilla de que cada enfermo sanado era también una oportunidad de anunciar la buena noticia del Evangelio a quien más lo necesitaba.
Piensa por un momento en la región donde vivían: una franja del oriente romano donde convivían templos paganos en cada esquina, sinagogas judías y las primeras comunidades cristianas todavía reducidas y discretas, todas bajo la mirada atenta de gobernadores que respondían directamente ante Roma. En ese mosaico religioso, un médico que curaba gratis ya llamaba la atención por sí solo; un médico que además explicaba, mientras vendaba una herida o preparaba un remedio, que existía un solo Dios verdadero que había muerto y resucitado por amor a cada uno de sus pacientes, se convertía en algo todavía más difícil de ignorar. No predicaban desde un templo ni organizaban asambleas públicas: predicaban con las manos ocupadas en sanar, y esa forma silenciosa y constante de anunciar la fe resultaba, para las autoridades acostumbradas a vigilar reuniones y discursos, mucho más difícil de detectar y de detener.
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Si quiero pedirles a estos sántos, por mi herma que sufre de una escoliosis.
Así es la Vida de los Santos.
Unos Son Buenos Otros Son malos